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Provincia

05/10/2008

MIHI ADAVITE

La muerte de un desertor alemán del ejército de Napoleón

En 1809 llegó herido a la Sierra de la Demanda y fue atendido en el hospital de Valgañón, de donde fue sacado a la fuerza por Porlier.

Vista de Pradilla, donde se tiene constancia acampó Porlier y asesinaron a Mihi Adavite.

J.J.M.
Juan José Martín | Pradoluengo

Las historias sobre la Guerra de la Independencia, se centran por lo general en los aspectos bélicos y políticos, dejando a veces de lado la historia de las mentalidades y de la vida cotidiana, las condiciones del durísimo día a día de aquellos años y las vertientes de la microhistoria. No debemos olvidar que su calificación, de la Independencia, es una construcción conceptual posterior, que en cierta forma ensalza la heroicidad de los españoles, pero que oculta realidades mucho más prosaicas y llenas de dificultades, que no quedaron grabadas en el bronce de los anales gloriosos de la exaltación patriótica. Porque, en una guerra cruel, y esta lo fue en grado sumo, hubo momentos para el heroísmo, pero también para la ignominia.

La historia de Mihi Adavite, nos habla de la ambivalencia de la condición humana. Por un lado, la reacción precavida y humanitaria de un pueblo de la Sierra de la Demanda, frente a la llegada a sus tierras de un soldado napoleónico herido. Por otro, la falta de compasión, la impiedad, que en algunas ocasiones, fue característica de los guerrilleros españoles.

En general, los habitantes de las zonas rurales no vieron con buenos ojos la ocupación francesa, sino que se enfrentaron a las graves injusticias y desmanes cometidos por los invasores, casi desde el inicio de su llegada a la Península. Entre otros agravios, las necesidades de abastecimiento del ejército del rey José, provocaron que las peticiones de dinero o vituallas a los pueblos fuesen constantes, aunque, coyunturalmente, las autoridades desobedeciesen las ordenes de pago, haciendo pedazos las cartas recibidas. Fue el caso de algunas villas serranas del entonces Corregimiento de Logroño, como Anguta, Eterna, Pradoluengo o Valgañón.

En ocasiones, los paisanos apoyaban a los brigantes o guerrilleros, e incluso dieron muerte a soldados franceses, por lo que sus concejos eran multados. En otras, la compasión les conducía a ejercer un comportamiento benevolente. Así ocurrió a finales de septiembre de 1809, cuando un soldado herido del ejército francés, fue recogido y atendido en el hospital de Valgañón. ¿Fue el miedo a la reacción francesa, o el sentido humanitario lo que llevó a estos serranos a tratar caritativamente al soldado? No lo sabemos. Sí conocemos, gracias a la diligencia de su alcalde y su escribano, como sucedieron los hechos.

El soldado de nuestra historia apareció en el término conocido como Chalarrea, y según descripción de los testigos, «bastante estropeado y aún herido sin poder articular expresión alguna». Ante el hallazgo, y lejos de proceder a rematarlo, el alcalde ordenó su traslado en una silla de manos a una «cama esmerada», situada en el hospital de la villa. Con su actitud, el regidor eximía a la pequeña comunidad de un posible delito, procurando «el cuidado que exige la humanidad y deberes de alcalde». Según el escribano, el hombre fue encontrado «vestido a estilo de Francia y sus Militares (...) tirado en el suelo sin gorra, sombrero ni arma alguna».

Ese mismo día, fue examinado por el médico Félix Fernández Salomón -quizás un judeoconverso, como parece indicar su segundo apellido- y el cirujano Ángel Guerrero, quienes aseguraron que se hallaba «con calentura» y con dos llagas provocadas por arma punzante, «pero nunca de suyo peligrosas». El soldado explicó, en su mal castellano, que hacía seis días que vivía, «abandonado al hambre, intemperie e incomodidad». Los galenos dictaminaron que para su alivio se debía alimentar y cuidar con esmero al enfermo, instrucciones que fueron atendidas escrupulosamente.

De Vitoria a Burgos. Al día siguiente, el escribano transcribió fonéticamente el nombre de nuestro protagonista, quien dijo llamarse Mihi Adavite, y que declaró contar con 40 años, además de ser «de nación alemán, Provincia de Hungría». Al preguntarle su procedencia, el herido aseguró que había desertado en el camino de Vitoria a Burgos, en compañía de tres mercenarios. Tras abandonar las filas napoleónicas, los cuatro desertores fueron sorprendidos por brigantes a caballo, quienes los desarmaron y obligaron a emprender la marcha a pie.

A dos leguas de Valgañón, los compañeros de Mihi fueron asesinados a bayonetazos. Él, tras hacerse el muerto, deambuló por el monte, hasta que, «los buenos vecinos de este pueblo, por mando del alcalde, le han conducido al sitio que se halla bien cuidado».

Un mes más tarde de su traslado al hospital, Mihi Adavite fue nuevamente reconocido por los cirujanos de Valgañón y Ezcaray, quienes, al supervisar uno de sus traumatismos, vieron que su estado se había agravado, «por ser herida penetrante en el vientre, que según los diagnósticos de los materiales que excretaba y expulsa, por su fetidez y olor excrementicio, se deduce la ofensa de alguno de los intestinos». Los cirujanos determinaron que su situación era «peligrosísima», y recomendaron mayores cuidados y remedios.

Llega el Marquesito. La historia de Mihi, bien podría ser la historia con final feliz de un gesto humanitario, a no ser por la crueldad de la guerra, por la ira y la sinrazón de todas las guerras. Una impiedad intemporal que magistralmente plasmó Goya en su serie pictórica de los Desastres.
En los últimos días de 1809, su suerte cambió con la incertidumbre acechante de un juego macabro. Como una ruleta rusa, el azar de la guerra, la fatalidad de la vida, cambiaron la extraordinaria suerte que le sonrió tras haber sobrevivido al ataque de los brigantes. El 18 de diciembre, dos meses después de su hallazgo, doscientos hombres armados de la División de Juan Díaz Porlier, El Marquesito, aparecieron en el hospital. Es inimaginable la angustia que tuvo que soportar un hombre indefenso, sólo ante un grupo de guerrilleros, quizás sediento de incumplidas venganzas y armados hasta los dientes. Es indefinible la impotencia ante la imposibilidad de escapatoria, frustrante la desesperación ante la incapacidad de su invalidez. El episodio fue descrito así por el escribano: «sacándole de la cama de la que irremisiblemente estaba condenado, le constituyeron en un caballo conduciéndole por detrás de la casa hospital con ánimo deliberado de quitarle la vida».

Por su parte, la actitud de los vecinos de Valgañón, a pesar de su inferioridad, fue la del enfrentamiento ante un comportamiento que consideraron injusto. Incluso, consiguieron devolver al herido a su cama, donde permaneció durante la tarde. Sin embargo, pasadas unas horas, «habiendo concurrido mayor y fuerte fuerza, le sacaron por segunda vez y condujeron hacia Pradilla, distante de esta una legua, en cuyo pueblo estaba la División de dicho Comandante (Porlier) en número de 2.500 hombres armados».

A partir de aquí, los vecinos de Valgañón ignoraron el destino dado al enfermo, aunque no es difícil imaginar lo que sucedió. La documentación nos hurta los detalles, quizá macabros, seguramente crueles, del trato que tuvo que soportar hasta su final. Eso sí, quizás como medida de precaución ante las posibles represalias de las autoridades francesas, los serranos quisieron que todos los sucesos constasen por escrito, recordando, «el hecho de la violenta expulsión del paciente».

Mihi Adavite murió en Pradilla, una aldea hoy abandonada de la Sierra de la Demanda, muy lejos de su tierra alemana. Como su historia, miles de historias anónimas de aquellos hombres y mujeres que sufrieron y murieron en la guerra, nos reflejan algo muy distinto al honor y la gloria: la saña de la sinrazón y la impiedad inhumana de todas las guerras.    

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