Escribo esta colaboración después de contemplar el debate televisado entre los dos candidatos a vicepresidentes de los Estados Unidos: el demócrata Joseph Biden y la republicana Sara Palin. Un encuentro dialéctico sin apenas contenidos. Biden no ha criticado a su rival, para no aparecer prepotente ante una mujer que aparece como un ama de casa, una americana corriente, conservadora hasta la caricatura, pero que encarna la manera de ser de millones de mujeres -y de hombres también-, que sienten que son mayoría, llevando a la política estatal las pequeñas cosas que constituyen su vida, su vida corriente.
Son candidatos, y es un debate, de tiempos anteriores, de cuando las preocupaciones electorales, en este Occidente rico y bien alimentado, versaban sobre cuestiones cotidianas, asuntos populares como, por ejemplo, el empleo mal pagado de los hijos, las colas en la sanidad pública o la escasez de autobuses las noches de los fines de semana. El candidato debe saber el precio del autobús, o el del café en una cafetería corriente, algo que conoce el elector corriente. Esa era la clave de los debates de estos tiempos inmediatamente anteriores. Contaba más responder con simpática precisión a ese tipo de preocupaciones del votante ordinario, que dominar las materias especializadas, que se suponía era necesario para administrar el municipio, la región o el país en cuestión. Tratándose de Estados Unidos, con sobrada capacidad de hacer trizas al planeta Tierra, la espontánea respuesta de Sara Palín, sobre atacar a Rusia si vuelve a hacer de las suyas en Georgia, no ha producido escalofríos. Es lo que piensan con suma sinceridad, una buena parte de votantes que no están maleados por la elevada política de los que saben de eso en Washington.
Pero ese debate de hoy, no es el debate que se espera para los próximos años. Los serios problemas que se ciernen sobre la economía y sobre la seguridad del mundo -la guerra aparece más probable que en la época de la guerra fría- , no se abordan en su complejidad, primero, porque no se sabe del todo su diagnóstico, y segundo, porque el medio televisivo es reluctante a lo analítico, a lo reflexivo y a todo lo que no sea liviano y pasajero. Para la democracia contemporánea, se plantea una duda sobre sus capacidades: ¿la elección democrática no seleccionaba a los mejores? ¿Es elitista, o no, esperar que la democracia sirva para acercarnos a la aristocracia, en lugar de sumergirnos en el populismo? Y bajando a nuestra escena nacional ¿tiene alguna lógica que el debate presupuestario esté condicionado por las disposiciones del Estatuto catalán, cuando el sistema financiero mundial se encuentra con riesgos de desplome?
El votante corriente siente inquietud por la suerte de los ahorros de toda su vida, o por la hipoteca que no acaba de pagar. Es una preocupación concreta y ordinaria, pero nadie da una respuesta tranquilizadora del todo, más allá de comunicarnos su inmensa fe en sus palabras y en su país.
Esta época actual, me recuerda los años anteriores a la Primera Guerra Mundial. Años de prosperidad, la belle époque, de euforia, de confianza en la técnica y en la ciencia, de transgresiones en las costumbres, en el arte, en la política. Fue un tiempo impactado por los nuevos medios de comunicación: se habla entonces por primera vez de los mass media, en inglés, para afirmar su novedad, como hoy.
Los españoles no tenemos el mismo recuerdo: mientras la mayoría de las naciones vecinas vivían alegremente en aquellos años, nosotros acabábamos de ser derrotados en la guerra de Cuba por otra nueva potencia, los Estados Unidos. Buen ejemplo de aquel período: la fuerza y la astucia de los gobiernos nacionales, eran la única norma que se aplicaba en las relaciones económicas, financieras y militares. Arrastrados por esa soberbia del poder del dinero, y confiados por vencer militarmente en pocas horas a cualquiera que se resistiese -los españoles, en 1898-, Europa se lanzó a una guerra que cada uno de los contendientes estaba convencido que sería corta y casi sin bajas. No Europa, sino todo el mundo, tuvieron que llegar a 1945, después de dos hecatombes, para comprender que eran necesarias unas leyes universales. Las que hoy han dejado de existir. De las que no han hablado las dos personas que ayer nos contaron, a través de las televisiones mundiales, cómo iban a gobernar a partir de noviembre. ¡Homer Simpson, a continuación, estuvo más agudo!