Juan Rueda
Lo sospechaba, pero me faltaba una evidencia científica, un estudio avalado por expertos que disipara cualquier duda, y ya lo tenemos: los ricos viven mejor, más años, de manera más saludable, confortable y, por supuesto, envidiable que todos aquellos que no lo son, usted, yo y la inmensa mayoría. Las pruebas con avales son irrefutables y hay que rendirse a la evidencia: una universidad británica, cómo no, acaba de descubrir que las personas que comen jamón ibérico de bellota cinco jotas combaten mejor el envejecimiento que los que ingieren choped, mortadela o un combinado cinco tesoros de paleta de cerdo rosa.
Pero hay más. No es lo mismo calmar el castigado cutis del hombre urbano con una mano de nieva, que aplicarse, o que te apliquen, un elixir de caviar, grosella negra de Sumatra, trufa negra de Ólvega y cristales de Swarovski liofilizados. Claro que no. Como tampoco lo es compartir con la parienta una lubina de criadero alimentada con piensos compuestos sanders, y eso que, ya digo, están compuestos, porque de lo contrario, con perdón, apestarían todavía más, que marcarse un tanto en la pescadería del Hipercor y pedir una dorada salvaje, unas cigalas tronco, qué cigalas, tronco, y un besugo del Pacífico, de pincho y púa.
Y, ya puestos, para seguir combatiendo los estragos de la edad, los disgustos y las canas, y que conste que aún no he mencionado la palabra crisis, nada mejor que reservar habitación con derecho a lodos, masajes, extractos y baño con doble turbina de vapor al caramelo en un spa hidrotermal en los Alpes. ¿Por qué no?
Y es que todo es poco y nada es menos cuando se trata de cuidarse, de elevar nuestra calidad de vida, sobre todo ahora que el BCE (banco central europeo, el mismo que un día sí y otro también se jarta de inyectar millones en los mercados financieros para que los banqueros sigan jugando al monopoly con nuestro dinero), barrunta la posibilidad de rebajar los tipos un 0,25 por ciento en noviembre, pensando, digo yo, en que celebremos la Navidad aunque sea con cacahuetes y, de paso, desearnos otro próspero y venturoso año nuevo. De pura risa lo nuestro.