Algunos tienen que pagar sensibles indemnizaciones por sus actos delictivos, pero no se les ve pisar los talleres productivos de la cárcel, en los que los presos que quieran trabajar pueden hacerlo y ser remunerados por ello. Ocupan la mayoría de las horas del día en los otros talleres, los no productivos. Allí hacen manualidades y pasan las horas, los días, las semanas, los años...
Algunos prefieren la biblioteca, fundamentalmente los hermanos Murga, y otros aprovechan para estudiar y obtener títulos que en no pocas ocasiones se han puesto en entredicho.
Por ejemplo, Jon Garay Vales estudia Educación Social a través de la Universidad Nacional de Educación a Distancia y Andoni Alza ha hecho un curso de Informática. Los más radicales, Arnaiz Laskurain y Extenike Ugarte, son propensos a mantenerse en forma y hacer deporte y ninguno tiene relación estrecha con el resto de presos. Tampoco generan problemas y todos sus actos reivindicativos, por llamarlos de alguna forma, se basan en negarse a comer durante un día.
No celebran los atentados con grandes algarabías, pero los del núcleo duro sí lo han hecho a su manera en alguna ocasión, sobre todo cuando el atentado «es mediático». Tienen, todos, una zona propia en el patio de la cárcel que nadie les cuestiona y no mantienen relación ni con los funcionarios ni con los mandos de la prisión. Cuando tienen que dirigirse a los responsables de la cárcel, es Luis María Lizarralde quien actúa como portavoz de ambos ‘bandos’, «porque por mucho que no estén de acuerdo en el asunto de la negociación, sí lo están en muchas otras cosas y mantienen la unidad de acción».
En otro tiempo Lizarralde «se mostraba más beligerante» a la hora de «exigir lo que ellos creen que les pertenece por no ser delincuentes comunes» y trató de evitar que los etarras tuvieran que compartir celda. Les dio igual. Ahora «ha bajado el pistón». Los hermanos Murga comparten celda y el resto tienen un único compañero de ‘habitación’.
El último en entrar ha sido Asier Virumbrales y el último en ser trasladado a otra cárcel Aner Petralanda, que ha sido enviado a Pontevedra. La mayoría de los históricos llegaron a Burgos como parte de los acercamientos del Gobierno Aznar a finales de los años 90 y son los que forman el grupo fijo de presos etarras en Burgos. El resto «volarán pronto».
Sobre estas líneas se reflejan los hechos que les convirtieron en carne de presidio y parte de sus andanzas pretéritas.